No sé en qué momento.
No sé en qué maldito momento, rectifico.
No sé en qué eje ni en qué
coordenada exacta,
ni el minuto preciso en que
el azul celeste se volvió violeta,
y compadecí a Ramsés,
y compadecí a Caín
y la justicia divina
se convirtió
en yugo.
Y ya nunca más
nuevos testamentos ni oraciones,
ni palomas de la paz
ni San Pancracios
ni siquiera Vargas Llosa.
Se desploman los mástiles
de no abanderar* se
desploman los mástiles
de no
abanderar.
Se retuerce la historia.
Y yo me sé todas las fechas,
todos los augurios de otros genios
son el mismo:
A la tercera del gallo.
A la tercera vez que cante el gallo,
me negarás, me traicionarás.
Y así los nóbeles y los ilustres
secundaron la matanza
por treinta monedas judías.
Desde la primera rueda
hasta el dron autotripulado,
los viejos sacerdotes, los mesías,
el marketing político,
y yo aquí,
entre todas las fechas,
entre todas las cifras
con nombres y apellidos
de viejos
que murmuran
sus historias
todavía con miedo.
No sé cuándo, sin embargo,
empecé a desconfiar
de los buenos buenísimos
mientras los malos malíísimos
me parecían cada vez más víctimas.
Pobre Caín y pobre Eva,
¿Dónde vas así, por muy DIOS, por la vida?
¡Ana, te va a castigar el señor!
o no se qué del Karma
o de la evolución moral
y la supremacía ética
del pacifismo y el diálogo
televisivo.
Las profecías.
Desde Casandra a Laoconte.
A la tercera del gallo.
A la tercera vez que cante el gallo:
Caballo de Troya.
* Verso de Vicente Molina Foix en "Canción de Otoño, 1975"
martes, 26 de agosto de 2014
jueves, 12 de junio de 2014
El ciprés y la espiga
La normalidad volvió implacable,
volvió impertinente
haciendo de los lunes lunes
y de los martes martes
de los miedos siempre
y de las noches
un anzuelo
que nunca
consigue
llegar
a tu boca.
Un anzuelo suspendido
y pendulante,
que permanece inútil
esperando humedades
y añorando Sodoma,
que recuerda otras estampas
de vaivenes desmedidos,
de tesoros encontrados
y atentados sin motivo
y delitos y secretos
y asambleas de salón
y corralito.
En otro momento
las noches fueron útiles.
Sabíamos aprovecharlas.
Sabíamos hacer Trípoli de ellas,
Pompeya, El Cairo y Mesopotamia.
Sabíamos descifrar las lenguas
e invocar conjuros, fabricar pociones
con un poco de esto
y algo de lo otro,
alterar el orden,
implicar el caos.
Nosotros sabíamos hacer
de los martes sábados
y de las horas nada,
de la capa un sayo.
Sabíamos reducirnos a escombros
y apretar el gatillo,
traspasar la carne
y prender la mecha
que encendía a las furias
y otros muchos demonios
con suma facilidad.
Nosotros, el ciprés y la espiga,
que pulsamos todos los detonadores
y desaparecimos el mundo y los ecosistemas,
y surcamos los océanos a pulmón
y a pulmón el éxtasis,
que todos los detectores de humo
saltaban a nuestro paso
y que todos los carnavales
nos resultaron tristes.
Nosotros, que hicimos
de las noches Chernóbil
y de las camas Kiev,
y de los puentes de Praga
poca cosa en comparación,
que dimos duros a tres pesetas
y pusimos la otra mejilla
delincuentemente hablando
y aún así sobrevivimos.
Teníamos todas las de perder
pero aún así seguíamos insistiendo
y salíamos impecables
y no hubo Gestapo ni Stasi,
no hubo Alcalá Meco ni Guantánamo
capaz de seguirnos el ritmo
porque cuando ellos aquí,
nosotros ya habíamos provocado
varios incendios en Groenlandia
por el efecto mariposa
y los focos se iban propagando
hasta alcanzar objetivos
y no hubo muro
que quedara en pie,
no hubo más radares a mi nombre,
no hubo más distancia que el pellejo,
no hubo más barrotes que el orgullo.
Nosotros, el ciprés y la espiga,
que surcamos infinitos a pulmón
y a pulmón Mulhacenes,
que estuvimos dispuestos a saltar
hasta el último momento,
que estuvimos a punto
de habernos matado
y aún así caímos de pie
y besamos la tierra.
Y la tierra se hizo tierra.
Y los pies como anclas.
Y los kilómetros hicieron su efecto
y volvieron las lunas
y volvieron los lunes
y las noches anzuelo
y volvió la normalidad implacable
a recordarme las ojeras
y que mañana madrugo.
Y yo volví a mis papeles,
y las palabras se las llevó el viento
y volvieron a funcionar las brújulas y los astrolabios
y los aviones siguieron su curso
y los mares volvieron a ser inabarcables
y los pulmones como charcas.
Y yo mañana madrugaré
y tendré las mismas ojeras,
y así todos los días
hasta que volvamos a hacerlo:
implicar el caos,
destapar la liebre
olvidar lo expuesto
y llenar las noches
de utilidad.
volvió impertinente
haciendo de los lunes lunes
y de los martes martes
de los miedos siempre
y de las noches
un anzuelo
que nunca
consigue
llegar
a tu boca.
Un anzuelo suspendido
y pendulante,
que permanece inútil
esperando humedades
y añorando Sodoma,
que recuerda otras estampas
de vaivenes desmedidos,
de tesoros encontrados
y atentados sin motivo
y delitos y secretos
y asambleas de salón
y corralito.
En otro momento
las noches fueron útiles.
Sabíamos aprovecharlas.
Sabíamos hacer Trípoli de ellas,
Pompeya, El Cairo y Mesopotamia.
Sabíamos descifrar las lenguas
e invocar conjuros, fabricar pociones
con un poco de esto
y algo de lo otro,
alterar el orden,
implicar el caos.
Nosotros sabíamos hacer
de los martes sábados
y de las horas nada,
de la capa un sayo.
Sabíamos reducirnos a escombros
y apretar el gatillo,
traspasar la carne
y prender la mecha
que encendía a las furias
y otros muchos demonios
con suma facilidad.
Nosotros, el ciprés y la espiga,
que pulsamos todos los detonadores
y desaparecimos el mundo y los ecosistemas,
y surcamos los océanos a pulmón
y a pulmón el éxtasis,
que todos los detectores de humo
saltaban a nuestro paso
y que todos los carnavales
nos resultaron tristes.
Nosotros, que hicimos
de las noches Chernóbil
y de las camas Kiev,
y de los puentes de Praga
poca cosa en comparación,
que dimos duros a tres pesetas
y pusimos la otra mejilla
delincuentemente hablando
y aún así sobrevivimos.
Teníamos todas las de perder
pero aún así seguíamos insistiendo
y salíamos impecables
y no hubo Gestapo ni Stasi,
no hubo Alcalá Meco ni Guantánamo
capaz de seguirnos el ritmo
porque cuando ellos aquí,
nosotros ya habíamos provocado
varios incendios en Groenlandia
por el efecto mariposa
y los focos se iban propagando
hasta alcanzar objetivos
y no hubo muro
que quedara en pie,
no hubo más radares a mi nombre,
no hubo más distancia que el pellejo,
no hubo más barrotes que el orgullo.
Nosotros, el ciprés y la espiga,
que surcamos infinitos a pulmón
y a pulmón Mulhacenes,
que estuvimos dispuestos a saltar
hasta el último momento,
que estuvimos a punto
de habernos matado
y aún así caímos de pie
y besamos la tierra.
Y la tierra se hizo tierra.
Y los pies como anclas.
Y los kilómetros hicieron su efecto
y volvieron las lunas
y volvieron los lunes
y las noches anzuelo
y volvió la normalidad implacable
a recordarme las ojeras
y que mañana madrugo.
Y yo volví a mis papeles,
y las palabras se las llevó el viento
y volvieron a funcionar las brújulas y los astrolabios
y los aviones siguieron su curso
y los mares volvieron a ser inabarcables
y los pulmones como charcas.
Y yo mañana madrugaré
y tendré las mismas ojeras,
y así todos los días
hasta que volvamos a hacerlo:
implicar el caos,
destapar la liebre
olvidar lo expuesto
y llenar las noches
de utilidad.
domingo, 25 de mayo de 2014
Todo lo demás, no.
Que sí, que todo eso es verdad.
Que portamos estandartes incendiarios
y discursos agresivos
y consignas de venganza
que dicen
muy poco de nosotros,
y que a veces da miedo pensarlo,
que vamos por ahí
con el ceño fruncido
y de nada nos sirve.
Que increpamos
y discrepamos de todo
cuanto se conoce,
por más lógica matemática
que me cuentes,
por más sentido común
que me vendas,
que no se consigue nada
por esas sendas que auguramos
día tras día cuando la desidia
nos infla la panza.
Que no reconocemos
autoridad ninguna
y sembramos la polémica
y todo es política
y qué pesados os ponéis con eso
y Ana hija, qué poco sabes de la vida.
Todo eso es verdad.
Que no hemos trabajado
ni un sólo día.
Lo dices como si fuera el progreso.
Lo dices como si por eso
nuestra palabra valiera la mitad
y tuviéramos que demostrar que
somos dignos del pan que comemos.
Que en qué me baso,
que la vida es así y asao
y que lo que inventamos no tiene
ni pies ni cabeza,
que los libros son muy bonitos
pero son libros
y que Ana hija,
cuándo bajarás a la tierra.
Que te crees Don-Quijota
y vas por ahí combatiendo gigantes
cuando aquí fuera sólo quedan
las ruinas de Bankia.
Todo eso es verdad.
Porque cada vez son menos
los momentos de lucidez pero todavía
los tengo.
Y también tengo altos conocimientos
en geopolítica y me sé todo el cuento,
a ver si ahora os creéis que habéis descubierto América,
que donde manda capitán no manda marinero
y todo eso.
Somos jóvenes pero no somos idiotas.
Y puede que parezca un poco de idiota
este proyecto que me encomiendo,
lo de ir por ahí huesudamente,
paupérrimamente a lomos de Rocinante
combatiendo a magnates que son peor
que cien gigantes,
que mil gigantes,
de los de antes,
de los que molaban.
Estamos luchando contra un invisible.
Estamos luchando en cada flanco,
contra todos, contra nosotros mismos
porque todo es política y qué pesados os ponéis
con el temita.
Que cualquiera nos parece
un enemigo potencial
en un entorno hostil que
nos excluye,
nos ningunea la palabra
y nos aburre.
Nos aburre mucho,
eso es lo peor.
Y por eso arengamos paridas
y tenemos este humor tan hijoputa,
porque si no dime tu a mí
cómo se aguantan los veintitrés
en esta celda,
en esta España que rezuma desvergüenza,
cómo se aguantan los debates de primates,
del y tú más, pues tú más...
Si no es blasfemando en cada flanco,
en tanta medida como nos dejan,
porque muchas veces pienso cosas
que no puedo escribir
y tengo que reírme yo sola
y la gente se cree que estoy loca.
Una loca que se ríe de cosas
que está prohibido escribir.
Esa es la España que nos calza.
Por eso nos mofamos
ahora que podemos,
y nos declaramos insumisos,
y enarbolamos un
QUE SE JODAN
tan grande que ni les cabe,
y bailamos sobre tumbas,
y vivimos en pecado
según todos los credos,
y nos gusta lo prohibido
e incluso han conseguido
que nos guste lo que somos.
Niñatos soñadores
que inventan fórmulas definitivas,
que cantan todavía insaciables
a pesar de los momentos de lucidez,
a pesar de que luchamos contra un invisible
y la tarea nos quede, probablemente,
demasiado grande.
Algunos todavía no han desertado.
Algunos todavía creen en una idea.
(Todo lo demás es estar muerto.)
Que portamos estandartes incendiarios
y discursos agresivos
y consignas de venganza
que dicen
muy poco de nosotros,
y que a veces da miedo pensarlo,
que vamos por ahí
con el ceño fruncido
y de nada nos sirve.
Que increpamos
y discrepamos de todo
cuanto se conoce,
por más lógica matemática
que me cuentes,
por más sentido común
que me vendas,
que no se consigue nada
por esas sendas que auguramos
día tras día cuando la desidia
nos infla la panza.
Que no reconocemos
autoridad ninguna
y sembramos la polémica
y todo es política
y qué pesados os ponéis con eso
y Ana hija, qué poco sabes de la vida.
Todo eso es verdad.
Que no hemos trabajado
ni un sólo día.
Lo dices como si fuera el progreso.
Lo dices como si por eso
nuestra palabra valiera la mitad
y tuviéramos que demostrar que
somos dignos del pan que comemos.
Que en qué me baso,
que la vida es así y asao
y que lo que inventamos no tiene
ni pies ni cabeza,
que los libros son muy bonitos
pero son libros
y que Ana hija,
cuándo bajarás a la tierra.
Que te crees Don-Quijota
y vas por ahí combatiendo gigantes
cuando aquí fuera sólo quedan
las ruinas de Bankia.
Todo eso es verdad.
Porque cada vez son menos
los momentos de lucidez pero todavía
los tengo.
Y también tengo altos conocimientos
en geopolítica y me sé todo el cuento,
a ver si ahora os creéis que habéis descubierto América,
que donde manda capitán no manda marinero
y todo eso.
Somos jóvenes pero no somos idiotas.
Y puede que parezca un poco de idiota
este proyecto que me encomiendo,
lo de ir por ahí huesudamente,
paupérrimamente a lomos de Rocinante
combatiendo a magnates que son peor
que cien gigantes,
que mil gigantes,
de los de antes,
de los que molaban.
Estamos luchando contra un invisible.
Estamos luchando en cada flanco,
contra todos, contra nosotros mismos
porque todo es política y qué pesados os ponéis
con el temita.
Que cualquiera nos parece
un enemigo potencial
en un entorno hostil que
nos excluye,
nos ningunea la palabra
y nos aburre.
Nos aburre mucho,
eso es lo peor.
Y por eso arengamos paridas
y tenemos este humor tan hijoputa,
porque si no dime tu a mí
cómo se aguantan los veintitrés
en esta celda,
en esta España que rezuma desvergüenza,
cómo se aguantan los debates de primates,
del y tú más, pues tú más...
Si no es blasfemando en cada flanco,
en tanta medida como nos dejan,
porque muchas veces pienso cosas
que no puedo escribir
y tengo que reírme yo sola
y la gente se cree que estoy loca.
Una loca que se ríe de cosas
que está prohibido escribir.
Esa es la España que nos calza.
Por eso nos mofamos
ahora que podemos,
y nos declaramos insumisos,
y enarbolamos un
QUE SE JODAN
tan grande que ni les cabe,
y bailamos sobre tumbas,
y vivimos en pecado
según todos los credos,
y nos gusta lo prohibido
e incluso han conseguido
que nos guste lo que somos.
Niñatos soñadores
que inventan fórmulas definitivas,
que cantan todavía insaciables
a pesar de los momentos de lucidez,
a pesar de que luchamos contra un invisible
y la tarea nos quede, probablemente,
demasiado grande.
Algunos todavía no han desertado.
Algunos todavía creen en una idea.
(Todo lo demás es estar muerto.)
domingo, 18 de mayo de 2014
Después del Big Bang
Poetas del mundo:
Sé bien que vosotros habéis naufragado otras islas,
otros tiempos, otras visiones...
Pero también sé que tuvisteis que huir perseguidos
pòr los mismos fracasos,
por la misma desvergüenza que encorva columnas
y siega voluntades,
por la misma banalidad y brutalidad que nos arrasa,
desde el minuto uno después del Big Bang
o después del séptimo día,
según el intérprete.
Sé bien todo eso.
Que os excluyeron,
os tomaron por intrusos
y os obligaron a mendigar
un retazo por un verso,
y por un verso la vida.
Un verso que es lo único,
la única prueba de que fuimos grandes,
siempre en tiempo pasado,
pero lo fuimos,
lo fuimos.
Y aún así
os visteis obligados a agachar la cabeza,
a buscar un trabajo de verdad,
un trabajo de verdad
y no esa bobería de discurso inocuo,
y no esa palabrería zángana que
remueve la tierra sembrando
canciones de gallinas que
se rebelan
contra granjeros,
ni qué gato tres-patas
ni qué cuento chino.
Sé bien que se burlaron,
que os invitaron a marcharos a la cueva,
que aquí nunca tuvisteis sitio
ni fue vuestra hora,
que os invitaron a morir en ostracismo
que os citaron en vano e incluso
manipularon vuestras palabras.
Por eso tenéis que venir cuanto antes.
Por eso mismo he venido en persona a reclutaros,
con esta arenga intempestiva que asusta,
y alzo la voz como un puño
y parece que me enfado
(y no me enfado, es que si no nunca me escucháis)
He venido a pediros que os unáis a mí
en la última gesta, la definitiva,
la nunca más,
el verso o la vida,
a invitaros a que os rebeléis contra esta
sinrazón que nos exilia,
a que os neguéis rotundamente
al lamento improductivo
o al silencio por el miedo.
Poetas del mundo,
ha llegado la hora de erguirse
como un tsunami atronador
que barra las calles y surque
las cañerías y los ríos...
dejando tras de sí una prueba,
quizá la última
estela
de esperanza viva.
Ha llegado la hora
de acabar con la poesía triste y autocompadeciente,
de lamerse las heridas y alimentar rencores,
de consejos vendo, y para mí no tengo.
Tenemos que celebrarnos.
Tenemos que salir de las cavernas
no como gazapos asustados sino
como los héroes que fuimos.
Porque lo fuimos y el tiempo nos dará la razón.
Y porque donde hubo siempre queda.
Sé que en vosotros queda algo de inocencia,
que todavía, en ocasiones,
cuando nadie os ve reís como niños
y os sentáis a conversar en el fuego
y os siguen sorprendiendo
y encandilando
los astros,
y a veces,
incluso,
os habéis sentido
los más dichosos de la tierra.
Es esto lo que hay que contar.
Ha llegado la hora de engendrar
el más alegre de los cantos
para combatir la retaguardia.
Hay que acabar con el derrotismo
y el lamento estéril,
con el ombliguismo y el cinismo
despiadado.
Camaradas,
hay que acabar con la poesía triste definitivamente.
Aunque para ello tengáis que matarme.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Rebeca de Winter
La Dama de las Nieves,
la Diosa de la Discordia,
la Némesis moderna
y la antigua Lilith,
de todos los cargos electa
por clamor popular,
varias veces condenada a muerte
por el defensor de los derechos humanos
y fugitiva convicta,
se muestra,
quién lo diría,
débil y vulnerable,
dormida como un cachorro
en el regazo,
de nuevo en el anzuelo
de tu cama.
Debes creerte muy listo por eso.
Es como si te viera la cara a escondidas.
Como si, cuando tu te piensas que duermo
no durmiera y te vigilara
desde mis pestañas espesas, inquietas,
con la daga debajo del colchón.
Sin embargo es verdad que duermo.
Yo, la uno con seis,
la más buscada,
la Rebeca de Winter,
la siempre perfecta e incomparable
Rebeca de Winter,
la nunca difunta Rebeca de Winter,
no me acostumbro a dormir
con un ojo abierto
y en noches como esta me abandono
y me descanso en tí...
y te dejo mirar...
y te dejo mirar
e incluso acercarte
como una gacela se acerca confiada
cuando la leona duerme.
Y por eso tú te crees menos gacela
o a mí me crees menos leona
y desafías los límites de la naturaleza
y tientas..
y hurgas...
y juegas a pillar.
¡A mí! A la Sadayako,
a la segunda rueda cuadrada,
a la góndola sin remo y sin Venecia,
a la gárgola sin Démona,
a la enésima gota que colma.
Cuatro veces estratega honorífica
de mi ejército de pájaros,
delegada sindical de los poetas no leídos,
abogada de los nuncas
y alta representante de la escuela cínica,
esta vez a título propio
por el simple hecho
de que están todos muertos.
No es moco de pavo.
Me gusta la ambición y tú tal vez
seas la más ambiciosa
de las gacelas.
Y es verdad que duermo.
Que duermo profundamente
y te dejo hacer y deshacer
entre mis zarpas y tu paz herbívora,
y en cada una de éstas
te hago consorte,
rey de la selva,
y paseas por tus dominios orgulloso
y te muestras complaciente
y en ese vacío legal nos amamos
contra natura,
contra todo pronóstico,
contra toda ley que no sea
la de la jungla.
Y por eso,
por eso tú
te crees menos gacela
y a mí me crees menos leona.
la Diosa de la Discordia,
la Némesis moderna
y la antigua Lilith,
de todos los cargos electa
por clamor popular,
varias veces condenada a muerte
por el defensor de los derechos humanos
y fugitiva convicta,
se muestra,
quién lo diría,
débil y vulnerable,
dormida como un cachorro
en el regazo,
de nuevo en el anzuelo
de tu cama.
Debes creerte muy listo por eso.
Es como si te viera la cara a escondidas.
Como si, cuando tu te piensas que duermo
no durmiera y te vigilara
desde mis pestañas espesas, inquietas,
con la daga debajo del colchón.
Sin embargo es verdad que duermo.
Yo, la uno con seis,
la más buscada,
la Rebeca de Winter,
la siempre perfecta e incomparable
Rebeca de Winter,
la nunca difunta Rebeca de Winter,
no me acostumbro a dormir
con un ojo abierto
y en noches como esta me abandono
y me descanso en tí...
y te dejo mirar...
y te dejo mirar
e incluso acercarte
como una gacela se acerca confiada
cuando la leona duerme.
Y por eso tú te crees menos gacela
o a mí me crees menos leona
y desafías los límites de la naturaleza
y tientas..
y hurgas...
y juegas a pillar.
¡A mí! A la Sadayako,
a la segunda rueda cuadrada,
a la góndola sin remo y sin Venecia,
a la gárgola sin Démona,
a la enésima gota que colma.
Cuatro veces estratega honorífica
de mi ejército de pájaros,
delegada sindical de los poetas no leídos,
abogada de los nuncas
y alta representante de la escuela cínica,
esta vez a título propio
por el simple hecho
de que están todos muertos.
No es moco de pavo.
Me gusta la ambición y tú tal vez
seas la más ambiciosa
de las gacelas.
Y es verdad que duermo.
Que duermo profundamente
y te dejo hacer y deshacer
entre mis zarpas y tu paz herbívora,
y en cada una de éstas
te hago consorte,
rey de la selva,
y paseas por tus dominios orgulloso
y te muestras complaciente
y en ese vacío legal nos amamos
contra natura,
contra todo pronóstico,
contra toda ley que no sea
la de la jungla.
Y por eso,
por eso tú
te crees menos gacela
y a mí me crees menos leona.
jueves, 17 de abril de 2014
Tu oficio
Tu oficio, poeta,
no es almacenar palabras
eruditas,
rimbombantes,
ornamentales.
No es disponerlas en su
orden yámbico,
en perfecto soneto gongorino,
ni siquiera clasificarlas
burdamente en función
de la terminación
y la rima.
Porque tú nunca
fuiste matemático, poeta.
Tú nunca fuiste geógrafo ni físico
y no entiendes de distancias
ni unidades de medida
y no entiendes de lógica pura
ni de leyes invictas.
Porque tú nunca
fuiste científico, poeta,
y por eso mismo
no entiendes de estadística
ni de cuántica avanzada
ni de biopolítica
y no es tu oficio
establecer las fórmulas
del cosmos.
No es tu oficio el análisis forense
por más que te empeñes
así como no lo es tampoco
el psicoanálisis ni la neurociencia.
Tu oficio, poeta,
es esculpir utopías
donde no puede haberlas.
Acabar con la ley de la gravedad
y juntar el cielo con la tierra,
el bien con el mal,
de la forma más humana
y menos despreciable
que te permita tu especie.
Tu oficio, poeta,
es dignificar la especie.
Hacer que quepa la duda,
decir: "Algunos eran buenos.
Algunos no eran prescindibles"
Que mañana,
cuando hayan pasado los siglos
se diga:
"No todos fueron Judas.
Los hubo Robin Hoodes
y Don Quijotes,
los hubo Baudelaires
y Esproncedas,
las hubo Antígonas,
las hubo Safos...
Los hubo Valle Inclanes
y Cañameros."
Que de toda nuestra obra
una parte se salve.
Que merezca la pena
el raciocinio.
Que el conocimiento no sea
una amenaza.
Tu oficio, poeta,
es dignificar la especie.
Escoger las palabras
que pondrías en tu lápida.
Decir, por ejemplo:
"No todos eran prescindibles".
Merecerte la vida
hasta tal punto,
que tu muerte parezca
una injusticia.
Y dejarte ir,
como si nada,
como todos,
(poetas o no)
hacia la larga
y aburrida
eternidad.
martes, 15 de abril de 2014
Con las manos
No aman de igual forma
los ricos y los pobres.
Los pobres aman con las manos.
Los pobres aman en la carne y con gula,
en las peores estampas,
en condiciones famélicas y con
todo en su contra.
Los pobres aman sin bonitos decorados.
Entienden de lunes y de tedios domingueros
y de gastos imprevistos
de facturas y de angustias
que embisten
mes a mes
a quemarropa.
El amor de los pobres
no sale por la ventana
aunque el dinero entre
por la puerta,
(que nunca entra),
(aunque no haya ventanas).
Los pobres han aprendido
a amarse a oscuras por eso mismo.
Han aprendido a amarse malalimentados
malvestidos, malqueridos,
porque el hambre agudiza el ingenio
y en sus jardines también crecen las flores
(aunque no haya jardines).
Los pobres han aprendido a aprovechar
los vis a vis, entre jornada y jornada
de trabajo,
(aunque no haya trabajo)
y saben darse placeres nunca tasados
de valor incalculable
y han aprendido a disfrutar las circunstancias
y la sopa de sobre,
el viejo colchón y la cuesta de enero.
Y parece que su amor se yergue
indestructible a pesar de,
a pesar de las miles de plagas,
de los sueños frustrados y fracasos andantes,
de las crisis cíclicas y de hambrunas y de guerras,
más valiente que Heracles,
más Odiseo que Odiseo.
Y parece que su amor se extiende y se multiplica
al ritmo que se multiplican los pobres,
al ritmo que se multiplican los infortunios
y los desastres naturales que golpean
siempre en las casas de los pobres.
Y ese amor está a la altura de Urano,
a la altura de Urano y de Gea juntos,
y es el único arma
que tienen los pobres
para defenderse.
Por eso han aprendido a cultivar flores
y a cantar bien sus penas
y han inventado las mejores obras
y los mejores instrumentos.
Por eso entienden de arte y saben
encontrarlo donde lo haya,
aunque no lo haya,
(que siempre lo hay).
Y han aprendido a aprovechar el carisma
y la jerga,
y a escribir poemas inmortales
sobre amores complicados,
y saben de cosquillas,
y saben de boleros
y saben de desnudos
y de darlo todo,
que no es más que lo puesto,
las manos y la lengua
la forma de otear al horizonte
y los cánticos en contra del patrón.
Yo siempre he amado de esta manera.
Yo te amo como aman los pobres
y me temo
que durante mucho mucho tiempo
esto
seguirá
siendo
así.
los ricos y los pobres.
Los pobres aman con las manos.
Los pobres aman en la carne y con gula,
en las peores estampas,
en condiciones famélicas y con
todo en su contra.
Los pobres aman sin bonitos decorados.
Entienden de lunes y de tedios domingueros
y de gastos imprevistos
de facturas y de angustias
que embisten
mes a mes
a quemarropa.
El amor de los pobres
no sale por la ventana
aunque el dinero entre
por la puerta,
(que nunca entra),
(aunque no haya ventanas).
Los pobres han aprendido
a amarse a oscuras por eso mismo.
Han aprendido a amarse malalimentados
malvestidos, malqueridos,
porque el hambre agudiza el ingenio
y en sus jardines también crecen las flores
(aunque no haya jardines).
Los pobres han aprendido a aprovechar
los vis a vis, entre jornada y jornada
de trabajo,
(aunque no haya trabajo)
y saben darse placeres nunca tasados
de valor incalculable
y han aprendido a disfrutar las circunstancias
y la sopa de sobre,
el viejo colchón y la cuesta de enero.
Y parece que su amor se yergue
indestructible a pesar de,
a pesar de las miles de plagas,
de los sueños frustrados y fracasos andantes,
de las crisis cíclicas y de hambrunas y de guerras,
más valiente que Heracles,
más Odiseo que Odiseo.
Y parece que su amor se extiende y se multiplica
al ritmo que se multiplican los pobres,
al ritmo que se multiplican los infortunios
y los desastres naturales que golpean
siempre en las casas de los pobres.
Y ese amor está a la altura de Urano,
a la altura de Urano y de Gea juntos,
y es el único arma
que tienen los pobres
para defenderse.
Por eso han aprendido a cultivar flores
y a cantar bien sus penas
y han inventado las mejores obras
y los mejores instrumentos.
Por eso entienden de arte y saben
encontrarlo donde lo haya,
aunque no lo haya,
(que siempre lo hay).
Y han aprendido a aprovechar el carisma
y la jerga,
y a escribir poemas inmortales
sobre amores complicados,
y saben de cosquillas,
y saben de boleros
y saben de desnudos
y de darlo todo,
que no es más que lo puesto,
las manos y la lengua
la forma de otear al horizonte
y los cánticos en contra del patrón.
Yo siempre he amado de esta manera.
Yo te amo como aman los pobres
y me temo
que durante mucho mucho tiempo
esto
seguirá
siendo
así.
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