domingo, 25 de septiembre de 2016

El orden de los factores

Matar al padre.
Matar al hijo.

El orden de los factores
sí
altera el producto.

Dicen los viejos, los libros,
los filósofos..
todas las fuentes de conocimiento que conozco
dicen
que es fundamental
primero
matar al padre
y luego
matar al hijo,
si lo tuvieras.

yo he tenido muchos
muchos, tantos
que ni siquiera recuerdo
los nombres que les puse.
que ni siquiera la hora del parto,
ni la hora
de la muerte.
Tantos que
ni uno favorito,
ni mi ojito derecho,
tantos que de
tantos caínes y abeles
aquello era una guerra civil.

y yo estaba ahí,
con el rostro serio que debe tener Yahvé
viendo,
dejándolos morir...
participando activamente
en la de algunos:

-tu quoque mater mii?
-ego quoque, ego quoque hijo mío,

con mis propias manos
con el mismo puñal que a tus hermanos
hube de matarte en favor propio
y aún así
me siguen saliendo los tiranos
desde el coño a la cabeza,
de la punta de las manos a la punta
de la lengua, cada equis tiempo
y cada equis tiempo
la sangre nos riega
la casa.

Todos los psicólogos,
las bibliotecarias, los poetas,
todas las fuentes de conocimiento
que conozco
y los farmacéuticos insisten:
es fundamental
matar al padre
y luego
matar al hijo.

Pero he tenido tantos,
he sido tan madre que
apenitas tiempo para ser hija
y mi padre sigue vivo.

Pero sólo tengo uno.







viernes, 11 de marzo de 2016

Jazmines

A la Gregoria le encantaba Manolo Escobar. Cada vez que aparecía en la televisión se sentía el revuelo de las vecinas avisándola por los balcones, -¡Gregoria! ¡Correee! ¡Manolo Escobar en la uno!- Al principio era fácil porque tan solo había dos canales, ni una sola de sus apariciones se perdía Gregoria, luego las vecinas tuvieron que emplearse a fondo y repartirse los programas para que no se les escapara ninguna copla, entrevista o película del famoso galán.
Ella fue de las últimas que tuvo televisión en la calle, así que dios sabe si por costumbre o por necesidad de compañía, cada vez que daban Cine de Barrio iba a verlo a casa de mi abuela, donde yo jugaba hasta tarde, sobre todo si era verano.
Era increíble el efecto que Escobar producía sobre ella, se sonrojaba como una adolescente, le salía la risilla tonta y pareciera que hubiera perdido cincuenta años de golpe. Cincuenta años sí, en aquella época yo apenas estaba en primaria y ella debía superar los setenta y cinco imagino.
-Ay si yo no veo madre mía, si con lo poco que veo no me entero de la película, pero bueno.. yo lo escucho, escucho las canciones y me acuerdo de cuando iba al cine de mocita, ¿Eh, María?
-¿Qué?
-¡Nosotras! Cuando éramos mozuelas, ¿eh? Estos nuevos se creen que una nunca ha sío joven, lo que pasa es que no había tantas cosas como ahora, eso no, pero vaya que íbamos al cine, y salía una los domingos al paseo, se compraba una o dos pesetas de pistachos y así echaba la tarde.
-Eso. Y no había tanta sinvergonzonería como hay ahora, eso tampoco.
Entre batallitas yo cogía mis caramelos y hacía recortables. La Gregoria todas las tardes ceremoniosamente nos traía un par de chicles y una bolsa de gusanitos a mi hermano y a mí, y con eso ya nos tenían entretenidos y no dábamos ruido mientras ellas comentaban historietas de otra época y chascarrillos de barrio. Quién es el muerto, o quién se casa hoy, era lo único que podía alterar levemente la rutina de las laboriosas semanas en el pueblo. En aquellos días las matanzas y las comidas colectivas no eran algo extraordinario, sino lo más normal del mundo, así que salvo esos episodios y las festividades religiosas o locales, los años devenían pacíficos y sin sobresaltos.

Había muchos niños en la calle, y viejos. Muchos niños y viejos en la calle hasta altas horas de la madrugada aprovechando el fresquito que en verano era tan necesario. En el pueblo en verano no se podía dormir del calor. Es conocido que Córdoba, lejana y sola, en agosto se convierte en una cazuela hirviendo, de manera que mientras que de día todo el mundo intentaba dormir y evitar salir de casa, las noches en la calle Mesones eran un zoco donde primos, vecinos y parientes charlatanes sacaban las sillas y las mesas y montaban el jolgorio hasta que alguno salía gritando por el balcón.
Los niños jugábamos a todos los juegos populares que existían, y cuando ya se nos acabaron, inventamos otros mucho más maléficos que consistían en hacer travesuras por el vecindario, llamar a las puertas de las casas y entrar al casino a molestar a los ancianos que allí pasaban el rato entre copas de vino y dominó. Pero no todo fue eso, dentro de la libertad (y libertinaje) que nos ofrecía la calle Mesones, también surgieron otras muchas formas creativas para entretenernos: montábamos espectáculos cómicos, cantábamos en los soportales, y hacíamos puestecillos de hilos y pulseras que nos hacían perder más tiempo y dinero del que ganábamos, pero era divertido.

Lo único malo en el pueblo era el aburrimiento. Y aún así ya digo que nos las ingeniábamos para sobrevivir a él, cuando eres un niño es fácil, muy fácil, no entiendo por qué luego se nos hace tan complicado divertirnos. Las siestas eran mortales, no había nadie en la calle, nada que hacer, todo silencioso y tenías que dormir obligatoriamente. Yo no quería, yo no quería dormirme nunca, dormir también es aburrido, y se lo decía a mi abuela, y ella, cansada ya de mis impertinencias me decía: - Anda ve a ca la Angelita y le dices que te dé las entretenederas, que te lo he dicho yo. -Y yo allá que iba, con todo el calor de las cinco de la tarde, a por las entretenederas a la tienda, donde era mofa de todos tal cual llegaba.
-¡Dile a tu abuela que es una pelleja! ¡jajajajajaja!
Obviamente las entretenederas no existían más que como chascarrillo para engañar a las niñas petulantes como yo. Al día siguiente cuando le dije que me aburría me mandó a por la máquina de pelar gambas, y al otro a por los gamusinos a cá mi tía Rafalita, hasta que ya entendí de que iba la historia y dejé de quejarme del aburrimiento.

-Vamos a por los jazmines anda, que van a estar todos abiertos cuando los cojamos. -Siempre era el mismo ritual, primero el corral de mi abuela, que tenía sus dos o tres plantitas, y luego el patio de la vecina Gregoria, donde había un jazmín tan grande que no he vuelto a ver alguno así en toda mi vida. Cogíamos todos los que estaban ya listos para abrirse y los íbamos guardando a puñaditos en el mandil, luego de vuelta a la cocina de mi abuela hacíamos las reparticiones:
-Este para el abuelo. Corre ve y se lo pones en la mesita, donde tu sabes. Éste se lo subes a tu madre, éste para mí, éste para el niño...
-Y así todas las noches podíamos dormir con los balcones abiertos porque el aroma a jazmín espanta a los mosquitos, eso se sabe en el pueblo. Creo que en las grandes ciudades no se sabe mucho, o no hay jazmines porque no he vuelto a ver a nadie guardarse puñaditos en el mandil y disponerlos junto a su cama.

Esa es la riqueza nuestra (y digo nuestra ahora, será que por estar lejos he hecho mía esta cultura popular de la que tanto renegué entonces), que las cosas se saben desde siempre porque sí y se hacen desde siempre porque sí. Antes yo me resistía a esta inercia, me sublevaba, la cuestionaba, me parecía borreguil y estúpida, a estas alturas del siglo XX y seguíamos viviendo como en el XVI, adorando a ídolos del siglo I.
Hoy lo veo distinto. La moda me parece borreguil y estúpida, la vanguardia me resulta ridícula y ni siquiera la ciencia me inspira confianza. Eso no es desarrollo, el desarrollo no es sintetizar mil principios activos y sustancias químicas hasta lograr dar con la fórmula del perfecto antimosquitos, ya teníamos jazmines. A ver si el desarrollo va a ser volverse a la caverna... Muchas cosas, el jazmín para los mosquitos, la cebolla para la tos, la comida del huerto, el azabache para el mal de ojo..
¿El azabache para el mal de ojo? Sí, claro, y las limpiezas en candil de aceite, ¿Que por qué? y yo que sé, pero ya no me atrevo a cuestionar la larga sabiduría de las viejas alcahuetas del pueblo, o vamos, que me fío más de ellas que de Bayer. Que todo lo quieren hacer tan difícil, tan complicado que se nos ha ido la pinza ya, hemos perdido el contacto con el suelo. Si estaba todo inventado, ahora sólo lo empaquetan mejor y le hacen un bonito envoltorio, pero nada nuevo en pleno siglo XXI.

No quiero ser agorera. Nunca he pensado que todo pasado fuera mejor, al revés, tampoco he idealizado la infancia y siempre me ha parecido una etapa salvaje y cruel en muchos aspectos, al igual que el pueblo. Ni quisiera pecar de la nostalgia y la melancolía del exiliado, aunque muchas tardes me vienen flashes de aquellos días y cuando pienso que ya no volverán jamás y que sólo podré recorrerlos de nuevo en mi memoria algo dentro de mí se muere un poquito. Ya casi no quedan viejos en la calle, los pocos que quedan van todos de luto. Y tampoco quedan niños en la calle, el pueblo se va vaciando a medida que la tierra no da para todos y que los años devienen cada vez más inciertos.
Parece que se hubiera roto esa rica armonía, ese pacto de niños y viejos que sostenían los cimientos del pueblo más allá de los muros, Los viejos que se mueren y los niños que ya no nacen me piden reivindicar esta riqueza nuestra, de la que tanto he renegado yo, sí,  y que tanto me duele ahora que la veo moribunda y extinguida.

Gregoria, ayer salió Manolo Escobar en la tele, un Manolo Escobar que ya no cantará más, un holograma de otros tiempos en los que tú y mi abuela érais mocitas, ¿Te acuerdas? Fui corriendo a decírtelo pero no pude, tú también te habías ido ya, la casa estaba cerrada y el viejo jazmín abandonado. Hay que ver como es la vida ¿eh? Veintitantos años viuda pero se muere Manolo Escobar y vas tú detrás, cómo no lo habría imaginado.





sábado, 19 de diciembre de 2015


 A Madrid.




Este domingo de reconciliación y desagüe,
de desarme,
esta tregua momentánea de recuento
y disuasión...

que no sirva de precedente.

Es verdad que estabas
más guapa que nunca,
con tu tráfico, tus lucecitas de navidad
encendidas desde agosto,
tu amanecer
tremendamente adictivo
por su naranja
y la contaminación.
Te sienta bien la contaminación,
esa mañana te sentaba bien,
filtraba la luz como el papel cebolla
y ese amarillento nublado
también resaltaba
el azul de mis ojos.

 Tus mañanas son como las mías,
con ese rastro de pintura negra en el contorno
y ese violeta de temprano, de ojeras,
por las secuelas de la noche
ajetreada.

¿Soy yo la que se parece a ti o eres tú,
que me has estado tentando hasta convertirme
en lo que tú querías?
 Este saco de ojeras y de huesos
que vaga por tus cloacas esperando
que te dé por sacarme de ahí y
me pagues lo que me debes.

Se nota que no tienes ni puta idea
de donde vengo ,
se nota que no sabías quien era
hasta que me tragiste a tus cloacas,
si lo supieras
me habrías puesto en otro sitio.

Pero da igual.
Porque mi excentricidad era inapreciable
al lado de la tuya,
mi soberbia era una canica
al lado de la tuya,
y por eso siempre me sentí
cómoda bajo tu látigo,
porque mi locura y mi crueldad
pasaban desapercibidas
y en comparación
aquí yo era David
y tu Calígula.

Eres tan cínica,
eres tan jodidamente cínica
hija de puta que pareces el mismo Dios
te crees el mismo Dios verdad?
Pues he venido a darte de tu propia medicina.
Te crees que tu administras
y repartes, y partes la pana
pero se nota que no tenías ni idea
de quien era yo antes de traerme,
y eres tú la que se parece a mí,
la que ya quisieras parecerte
un poco a mí,
ya quisieras.

 Este domingo has estado muy cerca.
 Pero eso.

Que no sirva de precedente.






domingo, 5 de julio de 2015

IV

Tú te has empeñado en buscarme
sin bombonas, a pulmón,
agua adentro una y otra,
día tras día y ni rastro..

Primero en el muelle,
con caña vulgar y paciencia
mucha paciencia,
y luego las redes, los barcos
y otros métodos sofisticados
que fuiste escogiendo
según los fracasos

y así uno por uno,
todos los charcos
las aguas pantanosas y los mares
que fueron allanados
en mi busca
te parecieron insuficientes
y seguías queriendo más,
sin importar las pérdidas
y las bajas.

-y da igual por más velero
o por más yate
que intentaras,
por más técnica avanzada:
yo nunca fui pez de orilla.

Hubieras necesitado un leviatán.

domingo, 1 de febrero de 2015

N18

Ellos pasan por el Puente de los Franceses
igual que por Atocha,
van al manzanares,
patinan, ríen, cantan, fuman,
vuelven a su hogar
transeúntes, subterráneos,
tal vez en la línea verde o la marrón.

Yo paso por Cuatro Vientos
y sólo veo el frente,
el Puente de los Franceses,
mamita mía y los milicianos.
Tal vez yo también vuelva a mi hogar,
si lo tuviera,
 antes de que el metro abra
y bajaré hasta Cibeles
para coger el N18 hasta Casa de Campo.

Ellos no lo saben,
en la Casa de Campo, mamita mía,
montamos un muro.

Yo miro al Manzanares
con ojos de Vicente Rojo
y al metro como
refugio antiaéreo.

No veo al Ateneo como una reliquia,
aún no he enterrado a mis muertos,
cuando paso por ventas
siempre me acuerdo de Victoria Kent.

Y así siempre en las travesías,
voy a Valencia y veo las colas zarpando al exilio
y los cuadros del Prado.
Muchas veces he estado en Plaza Cataluña
y nunca pienso en el Hard Rock Café
ni en las floristerías
sino en la Telefónica
y en García Oliver.

Ellos no lo saben, mamita mía,
bailan, juegan, hacen turismo
los hijos del siglo XXI
sobre la última capa de tierra
del castillo de Montjuic,
velan a sus muertos
en el Cementerio del Este,
que ahora es mucho más grande que entonces,
y pasean por las calles céntricas
mientras yo me disuelvo en ellas
y me vuelvo invisible
como Federico Sánchez.

Cuando me ves ahí,
entre ellos,
disfrutando el atardecer, aparentemente,
con la mirada perdida entre el Manzanares
y mis papeles, no estoy pintando un cuadro,
estoy trazando planos y vendettas,
apurando los últimos minutos como Miaja,
cubriendo puntos débiles y anotando bajas.

Ellos no lo saben: cuarenta años de paz
no son nada,
pero hay quien tiene memoria de elefante.

Yo lo intuyo,
las tragedias se repiten,
las tragedias se repiten como tragedias,
por eso, cada vez que paso
por el Puente de los Franceses

me pongo triste.

martes, 30 de diciembre de 2014

Hojita de Menta

A Anabel




Nosotras siempre hemos sido
lo que nunca seremos.

Hemos vaciado la copa
y esputado los restos,
hemos visto a la mediocridad
vestirse de hegemonía,
hemos mirado con los ojos soberbios,
perdonavidas,
y les hemos perdonado,
y es algo que jamás nos perdonarán.

Hojita de Menta, Hojita de Menta,
nos columpiamos en la ignorancia,
creímos en el conocimiento
en perjuicio del status quo,
elegimos la epopeya como Aquiles,
elegimos la manzana,
y eso es algo que jamás nos perdonarán.

Nosotras fuimos
de costumbres prehistóricas,
de leer junto al fuego
el arrabal y la vanguardia,
los textos sagrados y las fisuras,
eruditas hasta la arcada,
sabiondas, repelentes
hasta la médula.

Fuimos un mucho de puta
y un poco de monja,
demasiado humanas para endiosarnos,
demasiada idea para tan poca carne,
fuimos tan del sur que le dimos la vuelta,
fuimos tan incógnitas
que ni nosotras mismas
sabíamos muy bien y por si acaso
el revólver.

"Lo importante no es ser muy listo
sino ser buena persona",
decía mi madre y después dirías tú
más mentirosa que nunca.
Nosotras quizá no éramos tan listas
pero ni mucho menos buenas personas.
Nosotras no éramos personas
y eso es algo que jamás nos perdonarán.

Nosotras éramos los idus de marzo,
la conjura, la disidencia,
la disidencia siempre,
fuera cual fuera el autor
o el imperio,
nosotras éramos un blanco perfecto,
la plebe enardecida pedía crucificados
y ahí nosotras, veníamos a dárselos
con los brazos abiertos,
alguien tenía que profanar toda esa mierda.

No eran tiempos fáciles
para nadie,
para nosotras fue como matarnos,
como la flecha en el talón,
el comienzo del nuevo siglo
y la vuelta a la Pangea.
Los humanos se reubicaban y
corrían a por los dólares despavoridos.
Los empresarios promovían reformas laborales
y los gobiernos legalizaban la esclavitud.

Y en medio de todo esto
me dices que te vas,
y te vas,
y me dejas aquí con los planos sin acabar,
con los apuntes de filósofos
que dicen cosas de esas que te gustan,
y la palabra en la boca.
Eso es lo de menos.

Lo demás es cargar yo sola
con todas esas dudas
existenciales, tripipoéticas,estrafalarias,
y escucharte contradecirme y aconsejarme
por donde quiera que vaya, como una voz en off,
como un fantasma.

Dos locas siempre son menos locura
que una sola loca,
dos locas es algo más normal,
pero ¿Una loca sola vaciando la copa
y esputando los restos,
escuchando voces
y clamando al cielo,
leyendo a Deleuze
sin que tú me lo expliques
y mentándote por ahí
como una aparición?
Eso si que no.
Eso es algo que jamás te perdonaré.




domingo, 14 de diciembre de 2014

El café y el opio

Reivindico la contradicción,
reivindico la dualidad,
el café y el opio.

Hubiera sido demasiado
fácil
encomendarme a un dogma.
Reivindico la duda y la mala cabeza,
el doble rasero
ejerzo de abogada del diablo,
no me salen las cuentas
y me las invento.

A favor del cansancio
y del descanso.
A favor de los ciclos naturales
y de la rebeldía ante los ciclos.*

En contra de la moral autoimpuesta,
de la ceguera autoimpuesta
y autocomplaciente.
En contra de la verdad y de la mentira,
en contra de valores absolutos,
a favor de la imaginación
que es un término medio.

A favor de la crueldad de los niños,
del desconcierto,
del limbo.
A dónde vamos a ir,
todos los que como yo,
ahora que el Papa
ha cerrado sus puertas.

Al infierno seguro,
no habrá amnistía
para los herejes.

A favor de lo miserable
y de lo heroico,
del carácter poco práctico
de la condición humana.

A favor de los escombros
y la muerte,
la destrucción y el nacimiento
de nuevas leyes
para incumplirlas.

Reivindico la paz
y la guerra,
la mano dura y la indulgencia,
el fuego, la rueda y la neurociencia,
el vacío y la plenitud,
las recaídas.

Reivindico el miedo
con valentía,
enarbolo banderas
a conveniencia,
me lavo las manos.

A favor del ansia
y de la prisa,
a favor de la impuntualidad,
entiendo la libertad
de otra manera.

En contra de la democracia
y la dictadura, de la anarquía
y el liderazgo, de la organización
y el desorden,
en contra y a favor
de nuestro tiempo.

Reivindico la prudencia
y el libertinaje,
lo salvaje y lo analítico
de la condición humana.
El error y la derrota,
la victoria estratégica,
los principios infranqueables
y la ambigüedad.

Todo eso traigo,
albergo multitudes,
cuántos kilos quieres,
ahora dime tú.

Háblame de tu doctrina
y de la ilegalidad
de mis palabras.



*Versos de Jesús Munárriz, "Manifiesto",  en Joven poesía española, Ed. Cátedra, 1987




jueves, 11 de diciembre de 2014

El par de dos

Estoy buscándola,
la metáfora,
pero sé donde está,
sé muy bien
donde se esconde
la hija de puta.

La estoy buscando pero
no pienso ir a por ella,
que venga ella si quiere.
Que seguro que quiere.

Seguro que viene vestida
de otras a venderme motos
y becerros dorados,
a ofrecerme harenes babilónicos
y banquetes romanos
y lápida de mármol en Poblenou,
como hace siempre.

Ojalá tuviera una musa normal,
como las demás,
una belleza armónica,
un canto a la esperanza.
Pero la mía no,
la mía nunca,
la mía insurgente y talibana
de "el verso o la vida"
"el discurso o la vida"
"el partido o la vida"
que así nunca llegarás
ningún sitio,
(viva al menos)
será mejor que la mates,
me dicen todos.

¡Vaya dúo!
La escritora incendiaria
de los ojos de vengalas
y la musa de los achaques histéricos,
el par de dos,
el hambre y las ganas de comer
sin ganas.

La gente me lo murmura:
Te acabará devorando.

Y es cierto, tampoco soy ciega,
veo y asumo como me devora
paulatinamente y me dejo deshacer
en ese proceso dulce y onírico,
me dejo desaparecer bajo su mandato
y ya no sé cuando habla ella
ni cuando hablo yo,
si es que no hablamos a la vez
y nos declaramos la guerra
y recogemos las víctimas
que se quedan esparcidas
por toda mi cabeza.

Tengo que deshacerme de ella.
Lo tengo ya escrito:
"El verso o la vida"
"El verso o la vida"
Elegí la vida my darling.

Elegí la vida y también elegí el arma,
me dolerá más que a ella la pérdida.
Le acabaré construyendo un panteón en Poblenou.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Gnsis II

Ahí mismo,
en ese escenario se gestaron las armas biológicas
y la torre de Babel y otros motines.
Y qué gustito la arrogancia, qué gustito el desafío,
el privilegio de haber inventado el pecado,
era necesario,
era algo que había que inventar.


Moisés bajó con sus tablas
y trajo la ley, y dos minutos,
dos minutos tardaron ellos en traer
la trampa y el estraperlo,
en idear las maneras para esquivar la represalia
que caía con todo su peso
sobre el atentado de la curiosidad.


Sólo Pandora hubiera abierto esa caja
y ella era pandorísima,
y gustaba desatar Troyas e hipogrifos
y albergar batallas en su cuerpo,
y las cicatrices, le gustaban las cicatrices
porque siempre tuvo mala memoria.


Sólo Antígona se hubiera atrevido
a enterrar a ese muerto.
A su propia eutanasia.
Pero ella estaba en todos los entierros,
y todas las misas llevaban su nombre.
En todos los bombardeos estaba
y todas las bombas llevaban su nombre
y las palabras de su boca,
como octavillas desde el avión
arengaban a los civiles
a unirse a la rebeldía.


Allá donde ella, maniobras.
Nunca descanso, nunca paz,
siempre alerta, con un ojo abierto,
el castigo divino no se puede esquivar,
sólo aplazarlo,
contar otra luna, como Sherezade,
apuntarse el tanto,
apuntarse tal vez, otra cicatriz.


Mientras tanto:
Bienvenidos Luciferes,
Magdalenas y bandidos comunes,
fundaremos el club de los perseguidos infames
celebraremos el triunfo de la comuna
seremos el “watchmen” de los desertores.


Seremos la prueba de la mala cabeza,
de esta especie de dictadura anárquica
de todos los delirios de grandeza del hombre
y esta suerte de condición vampírica.


Seremos el bufón y la vergüenza,
el pasto, del que se alimentan las vacas,
que alimentan al sirviente
del pariente del tío que escribe la historia.


Pero solo así seremos libres.


Solo así.
Seremos libres.




sábado, 20 de septiembre de 2014

Diagnóstico II

Es que es así,
muy aleatorio.

Que lo mismo un día
me da por hacer escombros
de los valles perdidos
y las plantas: nucleares.

Y al otro quiero primaveras
y engendro los pétalos
y riego los campos
con semillas
de cacao
y tempus fugit.

Y al otro el diluvio
y las siete plagas,
y avalanchas en Alaska
y sequías en el cuerno
y al cuerno esta pretensión estúpida,
engreída, ésta y todas las milongas
inventadas por el hombre
y sus secuaces.

Hasta dónde va a llegar tu vanidad,
hasta qué mítines.
Cuántos más supuestos y efigies
te quedan por sacralizar hasta el vómito.
Cuántos altares me harás derribarte
y cuántas más mentiras
autocomplacientes
irás predicando
mientras se despeñan todas
desde el monte Taigeto
y yo miro de lejos.
Tan de lejos que no veo nada
más que estos cambios
que apenas se sostienen
sobre el papel.

Los otros están ahí fuera
inventando cosas, teorías y tesis
que no sirven para nada
y yo miro de lejos.

Yo sólo miro de lejos
y si acaso, me dejo caer
de cuando en cuando
algunas evidencias que tampoco
sirven para nada pero dicen:
La escritura es una labor
de pretenciosos redomados
bibliotecos y lumbreras
¡Que a dónde van profetizando qué cegueras!
qué visiones y arrebatos que se tercien.

La escritura no esculpe.
La escritura no tiene nada que hacer
 contra el granito, el hormigón y el mármol.
La historia está hecha de granito, hormigón y mármol.
Y sangre
La escritura no tiene nada que hacer
contra la sangre.

Aunque a veces lo parezca,
aunque a veces quiera parecer sangre
y regar las arterias,
y desahogar, desalojar las pérdidas
y quebrar,
quebrar el granito el hormigón y el mármol,
Papel gana a Piedra.
Ya nunca más cimientos,
ya nunca más murallas
que romper en mil pedazos.

Ya sólo yo para romperme en mil pedazos,
como si eso,
sirviera para otra cosa
que no fuera
tener
que volver
a nacer
de las cenizas.
mañana.

Mañana ya se verá
en qué páramos,
que un día de Greenpeace y otro de la OTAN,
unas con Caín y otras con Abel,
que tú mucho de esto pero poco de lo otro,
y mírate,
siempre te acabas convirtiendo
en lo que una vez odiaste,
a eso se le llama progresar.

Todos
como pollo sin cabeza
ocupando sus púlpitos,
sentando sus cátedras
y blandiendo sus escudos
se empeñan en controlarlo.

Pero es todo muy aleatorio.
Demasiado aleatorio.

No sé,
esa es mi hipótesis.

martes, 26 de agosto de 2014

Déjà vu

No sé en qué momento.
No sé en qué maldito momento, rectifico.

No sé en qué eje ni en qué
coordenada exacta,
ni el minuto preciso en que
el azul celeste se volvió violeta,
y compadecí a Ramsés,
y compadecí a Caín
y la justicia divina
se convirtió
en yugo.

Y ya nunca más
nuevos testamentos ni oraciones,
ni palomas de la paz
ni San Pancracios
ni siquiera Vargas Llosa.

Se desploman los mástiles
de no abanderar* se
desploman los mástiles
de no
abanderar.
Se retuerce la historia.

Y yo me sé todas las fechas,
todos los augurios de otros genios
son el mismo:

A la tercera del gallo.
A la tercera vez que cante el gallo,
me negarás, me traicionarás.

Y así los nóbeles y los ilustres
secundaron la matanza
por treinta monedas judías.

Desde la primera rueda
hasta el dron autotripulado,
los viejos sacerdotes, los mesías,
el marketing político,
y yo aquí,
entre todas las fechas,
entre todas las cifras
con nombres y apellidos
de viejos
que murmuran
sus historias
todavía con miedo.

No sé cuándo, sin embargo,
empecé a desconfiar
de los buenos buenísimos
mientras los malos malíísimos
me parecían cada vez más víctimas.
Pobre Caín y pobre Eva,
¿Dónde vas así, por muy DIOS, por la vida?

¡Ana, te va a castigar el señor!

o no se qué del Karma
o de la evolución moral
y la supremacía ética
del pacifismo y el diálogo
televisivo.


Las profecías.

Desde Casandra a Laoconte.

A la tercera del gallo.

A la tercera vez que cante el gallo:

Caballo de Troya.




* Verso de Vicente Molina Foix en "Canción de Otoño, 1975"

jueves, 12 de junio de 2014

El ciprés y la espiga

La normalidad volvió implacable,
volvió impertinente
haciendo de los lunes lunes
y de los martes martes
de los miedos siempre
y de las noches
un anzuelo
que nunca
consigue
llegar
a tu boca.

Un anzuelo suspendido
y pendulante,
que permanece inútil
esperando humedades
y añorando Sodoma,
que recuerda otras estampas
de vaivenes desmedidos,
de tesoros encontrados
y atentados sin motivo
y delitos y secretos
y asambleas de salón
y corralito.

En otro momento
las noches fueron útiles.

Sabíamos aprovecharlas.
Sabíamos hacer Trípoli de ellas,
Pompeya, El Cairo y Mesopotamia.
Sabíamos descifrar las lenguas
e invocar conjuros, fabricar pociones
con un poco de esto
y algo de lo otro,

alterar el orden,
implicar el caos.

Nosotros sabíamos hacer
de los martes sábados
y de las horas nada,
de la capa un sayo.
Sabíamos reducirnos a escombros
y apretar el gatillo,
traspasar la carne
y prender la mecha
que encendía a las furias
y otros muchos demonios
con suma facilidad.

Nosotros, el ciprés y la espiga,
que pulsamos todos los detonadores
y desaparecimos el mundo y los ecosistemas,
y surcamos los océanos a pulmón
y a pulmón el éxtasis,
que todos los detectores de humo
saltaban a nuestro paso
y que todos los carnavales
nos resultaron tristes.

Nosotros, que hicimos
de las noches Chernóbil
y de las camas Kiev,
y de los puentes de Praga
poca cosa en comparación,
que dimos duros a tres pesetas
y pusimos la otra mejilla
delincuentemente hablando
y aún así sobrevivimos.

Teníamos todas las de perder
pero aún así seguíamos insistiendo
y salíamos impecables
y no hubo Gestapo ni Stasi,
no hubo Alcalá Meco ni Guantánamo
capaz de seguirnos el ritmo
porque cuando ellos aquí,
nosotros ya habíamos provocado
varios incendios en Groenlandia
por el efecto mariposa
y los focos se iban propagando
hasta alcanzar objetivos
y no hubo muro
que quedara en pie,
no hubo más radares a mi nombre,
no hubo más distancia que el pellejo,
no hubo más barrotes que el orgullo.

Nosotros, el ciprés y la espiga,
que surcamos infinitos a pulmón
y a pulmón Mulhacenes,
que estuvimos dispuestos a saltar
hasta el último momento,
que estuvimos a punto
de habernos matado
y aún así caímos de pie
y besamos la tierra.

Y la tierra se hizo tierra.
Y los pies como anclas.

Y los kilómetros hicieron su efecto
y volvieron las lunas
y volvieron los lunes
y las noches anzuelo
y volvió la normalidad implacable
a recordarme las ojeras
y que mañana madrugo.

Y yo volví a mis papeles,
y las palabras se las llevó el viento
y volvieron a funcionar las brújulas y los astrolabios
y los aviones siguieron su curso
y los mares volvieron a ser inabarcables
y los pulmones como charcas.

Y yo mañana madrugaré
y tendré las mismas ojeras,
y así todos los días
hasta que volvamos a hacerlo:
implicar el caos,
destapar la liebre
olvidar lo expuesto

y llenar las noches
de utilidad.





domingo, 25 de mayo de 2014

Todo lo demás, no.

Que sí, que todo eso es verdad.

Que portamos estandartes incendiarios
y discursos agresivos
y consignas de venganza
que dicen
muy poco de nosotros,
y que a veces da miedo pensarlo,
que vamos por ahí
con el ceño fruncido
y de nada nos sirve.

Que increpamos
y discrepamos de todo
cuanto se conoce,
por más lógica matemática
que me cuentes,
por más sentido común
que me vendas,
que no se consigue nada
por esas sendas que auguramos
día tras día cuando la desidia
nos infla la panza.

Que no reconocemos
autoridad ninguna
y sembramos la polémica
y todo es política
y qué pesados os ponéis con eso
y Ana hija, qué poco sabes de la vida.

Todo eso es verdad.

Que no hemos trabajado
ni un sólo día.
Lo dices como si fuera el progreso.

Lo dices como si por eso
nuestra palabra valiera la mitad
y tuviéramos que demostrar que
somos dignos del pan que comemos.

Que en qué me baso,
que la vida es así y asao
y que lo que inventamos no tiene
ni pies ni cabeza,
que los libros son muy bonitos
pero son libros
y que Ana hija,
cuándo bajarás a la tierra.

Que te crees Don-Quijota
y vas por ahí combatiendo gigantes
cuando aquí fuera sólo quedan
las ruinas de Bankia.

Todo eso es verdad.

Porque cada vez son menos
los momentos de lucidez pero todavía
los tengo.
Y también tengo altos conocimientos
en geopolítica y me sé todo el cuento,
a ver si ahora os creéis que habéis descubierto América,
que donde manda capitán no manda marinero
y todo eso.

Somos jóvenes pero no somos idiotas.

Y puede que parezca un poco de idiota
este proyecto que me encomiendo,
lo de ir por ahí huesudamente,
paupérrimamente a lomos de Rocinante
combatiendo a magnates que son peor
que cien gigantes,
que mil gigantes,
de los de antes,
de los que molaban.

Estamos luchando contra un invisible.
Estamos luchando en cada flanco,
contra todos, contra nosotros mismos
porque todo es política y qué pesados os ponéis
con el temita.

Que cualquiera nos parece
un enemigo potencial
en un entorno hostil que
nos excluye,
nos ningunea la palabra
y nos aburre.
Nos aburre mucho,
eso es lo peor.

Y por eso arengamos paridas
y tenemos este humor tan hijoputa,
porque si no dime tu a mí
cómo se aguantan los veintitrés
en esta celda,
en esta España que rezuma desvergüenza,
cómo se aguantan los debates de primates,
del y tú más, pues tú más...
Si no es blasfemando en cada flanco,
en tanta medida como nos dejan,
porque muchas veces pienso cosas
que no puedo escribir
y tengo que reírme yo sola
y la gente se cree que estoy loca.

Una loca que se ríe de cosas
que está prohibido escribir.
Esa es la España que nos calza.

Por eso nos mofamos
ahora que podemos,
y nos declaramos insumisos,
y enarbolamos un
QUE SE JODAN
tan grande que ni les cabe,
y bailamos sobre tumbas,
y vivimos en pecado
según todos los credos,
y nos gusta lo prohibido
e incluso han conseguido
que nos guste lo que somos.

Niñatos soñadores
que inventan fórmulas definitivas,
que cantan todavía insaciables
a pesar de los momentos de lucidez,
a pesar de que luchamos contra un invisible
y la tarea nos quede, probablemente,
demasiado grande.

Algunos todavía no han desertado.
Algunos todavía creen en una idea.

(Todo lo demás es estar muerto.)

domingo, 18 de mayo de 2014

Después del Big Bang

Poetas del mundo:
Sé bien que vosotros habéis naufragado otras islas, 
otros tiempos, otras visiones...
Pero también sé que tuvisteis que huir perseguidos
pòr los mismos fracasos,
por la misma desvergüenza que encorva columnas
y siega voluntades,
por la misma banalidad y brutalidad que nos arrasa,
desde el minuto uno después del Big Bang 
o después del séptimo día,
según el intérprete.
Sé bien todo eso.

Que os excluyeron,
os tomaron por intrusos
y os obligaron a mendigar
un retazo por un verso,
y por un verso la vida.
Un verso que es lo único,
la única prueba de que fuimos grandes,
siempre en tiempo pasado,
pero lo fuimos,
lo fuimos.

Y aún así 
os visteis obligados a agachar la cabeza,
a buscar un trabajo de verdad,
un trabajo de verdad 
y no esa bobería de discurso inocuo,
y no esa palabrería zángana que 
remueve la tierra sembrando
canciones de gallinas que
se rebelan 
contra granjeros,
ni qué gato tres-patas
ni qué cuento chino.

Sé bien que se burlaron, 
que os invitaron a marcharos a la cueva,
que aquí nunca tuvisteis sitio 
ni fue vuestra hora,
que os invitaron a morir en ostracismo
que os citaron en vano e incluso
manipularon vuestras palabras.

Por eso tenéis que venir cuanto antes.

Por eso mismo he venido en persona a reclutaros,
con esta arenga intempestiva que asusta,
y alzo la voz como un puño
y parece que me enfado
(y no me enfado, es que si no nunca me escucháis)

He venido a pediros que os unáis a mí
en la última gesta, la definitiva,
la nunca más,
el verso o la vida,
a invitaros a que os rebeléis contra esta
sinrazón que nos exilia,
a que os neguéis rotundamente 
al lamento improductivo 
o al silencio por el miedo.

Poetas del mundo, 
ha llegado la hora de erguirse
como un tsunami atronador
que barra las calles y surque
las cañerías y los ríos...
dejando tras de sí una prueba,
quizá la última
estela
de esperanza viva.

Ha llegado la hora 
de acabar con la poesía triste y autocompadeciente,
de lamerse las heridas y alimentar rencores,
de consejos vendo, y para mí no tengo.

Tenemos que celebrarnos.
Tenemos que salir de las cavernas
no como gazapos asustados sino 
como los héroes que fuimos.
Porque lo fuimos y el tiempo nos dará la razón.
Y porque donde hubo siempre queda.

Sé que en vosotros queda algo de inocencia,
que todavía, en ocasiones, 
cuando nadie os ve reís como niños
y os sentáis a conversar en el fuego
y os siguen sorprendiendo 
y encandilando
los astros,
y a veces,
incluso,
os habéis sentido
los más dichosos de la tierra.

Es esto lo que hay que contar.

Ha llegado la hora de engendrar 
el más alegre de los cantos
para combatir la retaguardia.
Hay que acabar con el derrotismo 
y el lamento estéril,
con el ombliguismo y el cinismo
despiadado.

Camaradas,
hay que acabar con la poesía triste definitivamente.

Aunque para ello tengáis que matarme.





miércoles, 14 de mayo de 2014

Rebeca de Winter

La Dama de las Nieves,
la Diosa de la Discordia,
la Némesis moderna
y la antigua Lilith,
de todos los cargos electa
por clamor popular,
varias veces condenada a muerte
por el defensor de los derechos humanos
y fugitiva convicta,
se muestra,
quién lo diría,
débil y vulnerable,
dormida como un cachorro
en el regazo,
de nuevo en el anzuelo
de tu cama.

Debes creerte muy listo por eso.

Es como si te viera la cara a escondidas.
Como si, cuando tu te piensas que duermo
no durmiera y te vigilara
desde mis pestañas espesas, inquietas,
con la daga debajo del colchón.

Sin embargo es verdad que duermo.

Yo, la uno con seis,
la más buscada,
la Rebeca de Winter,
la siempre perfecta e incomparable
Rebeca de Winter,
la nunca difunta Rebeca de Winter,
no me acostumbro a dormir
con un ojo abierto
y en noches como esta me abandono
y me descanso en tí...
y te dejo mirar...
y te dejo mirar
e incluso acercarte
como una gacela se acerca confiada
cuando la leona duerme.

Y por eso tú te crees menos gacela
o a mí me crees menos leona
y desafías los límites de la naturaleza
y tientas..
y hurgas...
y juegas a pillar.

¡A mí! A la Sadayako,
a la segunda rueda cuadrada,
a la góndola sin remo y sin Venecia,
a la gárgola sin Démona,
a la enésima gota que colma.

Cuatro veces estratega honorífica
de mi ejército de pájaros,
delegada sindical de los poetas no leídos,
abogada de los nuncas
y alta representante de la escuela cínica,
esta vez a título propio
por el simple hecho
de que están todos muertos.

No es moco de pavo.
Me gusta la ambición y tú tal vez
seas la más ambiciosa
de las gacelas.

Y es verdad que duermo.
Que duermo profundamente
y te dejo hacer y deshacer
entre mis zarpas y tu paz herbívora,
y en cada una de éstas
te hago consorte,
rey de la selva,
y paseas por tus dominios orgulloso
y te muestras complaciente
y en ese vacío legal nos amamos
contra natura,
contra todo pronóstico,
contra toda ley que no sea
la de la jungla.

Y por eso,
por eso tú
te crees menos gacela
y a mí me crees menos leona.

jueves, 17 de abril de 2014

Tu oficio


Tu oficio, poeta,

no es almacenar palabras
eruditas,
rimbombantes,
ornamentales.

No es disponerlas en su
orden yámbico,
en perfecto soneto gongorino,
ni siquiera clasificarlas
burdamente en función
de la terminación
y la rima.

Porque tú nunca
fuiste matemático, poeta.
Tú nunca fuiste geógrafo ni físico
y no entiendes de distancias
ni unidades de medida
y no entiendes de lógica pura
ni de leyes invictas.

Porque tú nunca
fuiste científico, poeta,
y por eso mismo
no entiendes de estadística
ni de cuántica avanzada
ni de biopolítica
y no es tu oficio
establecer las fórmulas
del cosmos.

No es tu oficio el análisis forense
por más que te empeñes
así como no lo es tampoco
el psicoanálisis ni la neurociencia.

Tu oficio, poeta,

es esculpir utopías
donde no puede haberlas.
Acabar con la ley de la gravedad
y juntar el cielo con la tierra,
el bien con el mal,
de la forma más humana
y menos despreciable
que te permita tu especie.

Tu oficio, poeta,
es dignificar la especie.
Hacer que quepa la duda,
decir: "Algunos eran buenos.
Algunos no eran prescindibles"

Que mañana,
cuando hayan pasado los siglos
se diga:

"No todos fueron Judas.
Los hubo Robin Hoodes
y Don Quijotes,
los hubo Baudelaires
y Esproncedas,
las hubo Antígonas,
las hubo Safos...
Los hubo Valle Inclanes
y Cañameros."

Que de toda nuestra obra
una parte se salve.

Que merezca la pena
el raciocinio.

Que el conocimiento no sea
una amenaza.

Tu oficio, poeta,
es dignificar la especie.
Escoger las palabras
que pondrías en tu lápida.
Decir, por ejemplo:
"No todos eran prescindibles".

Merecerte la vida
hasta tal punto,
que tu muerte parezca
una injusticia.

Y dejarte ir,
como si nada,
como todos,
(poetas o no)
hacia la larga
y aburrida
eternidad.